José Luis Mulero, con una carrera de más de treinta años, es tanatopractor y embalsamador, dos profesiones tan desconocidas como necesarias que requieren enfrentar a la muerte cara a cara. Además, Mulero se dedica a formar a futuras generaciones de funerarios en su Instituto Español Funerario, con cursos en ciudades como Madrid, Barcelona, Zaragoza y Valencia. La mayoría de sus alumnos son jóvenes, especialmente mujeres, que aunque llegan con miedos, descubren una vocación en el cuidado y respeto hacia los fallecidos.
Desde su primer contacto con la muerte, cuando apenas tenía 14 años, Mulero comprendió que esta forma parte inevitable de la vida. Esta reflexión le llevó a una profesión en la que, día a día, ayuda a las familias a despedirse de sus seres queridos de una manera digna. Con una preparación meticulosa, la tanatopraxia implica un proceso de limpieza, desinfección y vestimenta del cuerpo para su visualización, mientras que el embalsamamiento permite conservarlo por más tiempo, esencial en traslados o por petición especial de las familias.

Su experiencia ha tenido momentos difíciles, sobre todo al tratar con personas cercanas. En 2014, la preparación de un familiar fallecido fue una experiencia devastadora que le llevó casi a renunciar. Años después, aceptó la petición de un amigo de embalsamarlo y utilizar su trabajo como ejemplo para sus alumnos, pero sin registrar el proceso en vídeo. “Fue muy costoso emocionalmente”, admite, “porque tenía su voz aún fresca en mi memoria”. Estas vivencias le han llevado a recomendar que nadie trabaje con fallecidos conocidos, para evitar traumas emocionales.
A pesar de lo que podría parecer una labor fría, Mulero asegura que las emociones están siempre presentes. Ha llorado en múltiples ocasiones y admite que los casos más difíciles son aquellos que le recuerdan a sus hijas o que involucran a niños o jóvenes. Su familia es su vía de escape, y aunque sus hijas respetan y admiran su trabajo, tienen planes propios para el futuro.
Mulero ha notado un cambio en la sociedad tras la pandemia: la gente es ahora más receptiva al concepto de la muerte y se muestra menos reticente a despedirse de los cuerpos presentes. Sus hijas, por ejemplo, decidieron ver a su abuela en su funeral, y él defiende que los niños, desde los 12 años, pueden enfrentarse a la realidad de la muerte de manera saludable. La edad no es una barrera, dice, para comprender lo que es natural e inevitable.

Respecto a su propio final, Mulero tiene bien pensado cómo quiere su despedida: un pendrive con fotos, un mensaje para sus seres queridos y la canción Imagine de John Lennon. Sin embargo, no tiene claro si preferiría ser enterrado o incinerado. Para él, la muerte es el final y no cree en otra vida, por lo que enfrenta el tema con realismo, como una parte más de la vida misma. “Para saber vivir, hay que conocer la muerte”, reflexiona. Con una actitud pragmática, ha aprendido a valorar los pequeños momentos de la vida, disfrutándolos sin grandes ambiciones.
Mulero es un ejemplo de cómo el contacto constante con la muerte puede llevar a una vida profundamente apreciada y consciente de su finitud, enseñando a todos sus alumnos y a quienes lo rodean una lección de humildad y amor por la vida.
